Bajo el signo de abril,

con la piel a la intemperie

Escribo

Escribo porque es catártico, psicodrenante, disentérico, emético, liberador y sanador, me permite “mirar”. Lo terrenal está todo aquí y se “ve”…

Yo quiero “La Mira”

- La mujer de abril -

sábado, 9 de agosto de 2014

Emiliano “El que viste de seda pinchuda”

Mural de Emiliano Antonioni/Artista plàstico... (se me ocurren Jim, Emiliano y Hsin Litzy)


Los pinchos son una cosa muy pinchuda, incomodan por demás; tanto a los que se topan con ellos – por ejemplo, en un abrazo- como a quien los lleva.
Hoy les contaré de Emiliano, un  bello chico con dones de alquimista, quien vestía con ropas cubiertas de pinchos, para evitar que cualquiera, porque si, viera por los ojales de su camisa o el descosido de su pantalón, la hermosa luz que hacía de su corazón una gigante bombilla en lugar de un corazón lleno de sangre; lo cual para él era una suerte de maleficio.


Emiliano vive en un pequeño pueblo que flota en el mar, cuyos límites acuosos le dan la vuelta 360º desde cualquier punto que se vea. Del lugar solo se sabe que en el mapamundi tiene las siguientes coordenadas: Situado entre las latitudes 10° 52' y 11° 11' N y las longitudes 63° 47' y 64° 24' 0.  algunos le llaman Perla.

La vida acontece tranquila en el pueblo en "wu wei” - como diría Zhuangzi, en estado de clarividencia - sin más sobresalto que el del silbato del único medio de transporte existente: una  locomotora ténder del tamaño de la isla, que cada 60 segundos anuncia la llegada a la próxima estación.


Con ella se tiene acceso a una de las dos montañas que tiene la isla; la primera. El mar tiene el salado justo y el cielo siempre está dispuesto a que se le coloree del color que se desee, según los ánimos de sus habitantes.
Emiliano tiene un gran amigo, un compañero de siempre, quien le enseñó el arte de escuchar los cuentos que cuentan dentro de sus conchas, las caracolas marinas. Cosa que hacen cuando Jim, su amigo, lo lleva a la orilla del mar.
Es un momento que comparten con alegría, la cual fuera enorme si pudieran escuchar el cuento los dos juntos a la vez, abrazados de oreja a oreja; pero eso no ocurre por las ropas de Emiliano.


Jim siempre le reclama el por qué no se deshace de sus ropas y toma el sol como lo hace todo el mundo a la orilla del mar, y Emiliano se pregunta el por qué de la exigencia, si sus ropas son de “ceda”.

Jim salta en carcajadas y asiente.

-       Si, de ceda con “c”,  porque la seda con “s” no tiene pinchos.

De ahí el sobrenombre de “Emiliano, el que viste de seda pinchuda”, título de este relato.


Una tarde a la hora del crepúsculo mientras los amigos compartían en la orilla del mar, un fuerte oleaje trajo una caracola gigante hasta sus pies; era una caracola extraña, en sus bordes se visualizaban unos pictogramas chinos.
Jim la tomo con cautela, pues esos dibujos sobre la concha, para el eran desconocidos.
Al revisarla, Oh! Sorpresa; dentro había un pergamino, cuya apariencia si era conocida para Jim, en esos pergaminos escribian sus misivas la gente de la realeza que habitaba tras la segunda montaña de la isla; lugar privilegiado en fauna, flora y recursos naturales, "lugar prohibido"; al cual no tenían acceso la locomotora ni los simples mortales habitantes que moraban en ella.


Emiliano ante la naturaleza de la carta, se abalanzó sobre Jim por la curiosidad, pinchándolo todo, y se dispuso rápidamente a desatar la cinta del pergamino para leer su contenido; mientras Jim se quitaba los pinchos con la ayuda de un erizo y le vociferaba palabras gordas y rojas subidas de tono a Emiliano.
Curiosamente el texto de la misiva estaba en perfecto español y en él se leía lo siguiente:


“A todo aquel que por corazón tenga una bombilla va este mensaje de auxilio y desesperación:
Soy el Rey Da Lóng del Imperio Lóng de los Nobles del Valle de Las Mandarinas, al Sur de Perla; mi hija Hsin Litzy (Corazón de ciruelo) fue raptada hace 3 días por aves gigantes, desconocidas, del Oeste, quienes surcando el cielo, ingresaron a nuestro territorio ,llevandosela con ellos. Según nos cuentan algunas anguilas que se allegaron hasta aquí, fue arrojada a la tierra de los Buitres del Norte de la isla a cuyo lugar no podemos llegar porque la sequía imperante mató a los últimos caballos que quedaban en el reino y la única locomotora de la isla no pasa por aquí.
Nuestra hija tiene apariencia de rosa, pero está cubierta de ropas de “ceda” con muchas espinas, a diferencia de la que lleva el resto de la familia real; cuyos vestidos son elaborados por los más finos gusanos de seda del reino; esto ella lo hace con la finalidad de enmascarar y no dar a conocer su Yo interior. Es un maleficio del que solo puede ser salvada por aquel que por corazón tenga una bombilla“


Emiliano quedó impactado, esa misiva era para él. ¿Quién sino él tenía por corazón una bombilla?

De inmediato echó a correr hasta donde estaba Jim, para contarle del mensaje de la carta, éste, luego de retirarse el último pincho, compartía con el erizo un helado.
De regreso a casa ambos comentaron la novedad una y otra vez, lo que los inspiró a ejecutar un plan de rescate de la princesa esa noche mientras a dormir se disponían:
A la mañana siguiente y antes de que el maquinista de la locomotora despertara, ellos la tomarían y se enrumbarían hacia el Norte, a la Tierra de los Buitres, a rescatar a la princesa, aventura muy riesgosa, pero a la que Jim no pudo hacer desistir a Emiliano; la convicción de éste ante aquella empresa era genuina y absoluta.

Convencido esa noche sufrió del más hermoso insomnio que mortal jamás haya pasado, en la ilusión de que con el rescate de la princesa tal vez se libraría él de su propio maleficio.
Así fue como al amanecer accionaron el plan, cargaron con todo el carbón disponible en la estación, quedaron tiznados hasta las orejas, prendieron la locomotora y a toda velocidad se saltaron a los pasajeros que esperaban en las estaciones y se dirigieron al destino trazado; adentrándose al  paisaje marciano y xerófito que era la Tierra de los Buitres del Norte, mientras atrás quedaba el pueblo alborotado y todos sus habitantes se quejaban de que por aquel lugar no hubiera policías que apresaran a aquellos inusitados ladrones.


Ya en camino y rumbo al ascenso de la primera montaña de la isla – la isla solo tenía dos- la red de rieles del tren dejaba de ser rectilínea para hacerse una serpentina de curvas muy cerradas, con  muchos riscos a cada lado; en el cielo, al fondo, se veían sobrevolar rapaces, unas aves falconiformes, de cabezas peladas que daban grima; a la orilla del camino un letrero decía:


“PRECAUCION está usted llegando a Cathartidae, Tierra de Los Buitres del Norte, colocarse tapabocas”


Efectivamente un trayecto más allá, el aire se hizo enrarecido y pesado, poco potable a la respiración.
A la locomotora se le hacía difícil el paso a medida que el ascenso era más empinado, y en la curvas quedaba solo sostenida por las ruedas de un lado. Emiliano, catalejos en mano, buscaba a la rosa sin éxito por los cuatro puntos cardinales, a la vez que se repetía una y otra vez:
- Su apariencia es de rosa, pero vestida de ceda.
Pronto se le agotó  la esperanza de encontrarla, finalmente en todo aquel paraje desértico no la halló.


De repente, la locomotora fue atacada por un enjambre de buitres que le hizo perder la estabilidad y entonces Emiliano - sin saber conducir siquiera- decidió asumir el mando. Jim gritaba angustiado:
- ¡Tú no eres maquinista Emiliano, sino un alquimista!
A lo que Emiliano respondió: - ¡Entonces por eso!
A pesar de todo en la curva número 519, la locomotora colapsó y tras un brutal frenazo, arrojó a Emiliano por la ventana.


En el aire, en caída libre, vio cómo iba perdiendo sus ropas una a una, quedando desnudo su corazón, iluminando más que el mismísimo sol el cielo.
Fue un instante de gran bondad, de darse absolutamente, convencido, satisfecho y suficiente con lo que hacía, sin tener miedo, brillando sin esconderse. Cerró los ojos y entregó su vida, reconociendo su pequeñez, mientras su corazón era la suma de todos los bombillos de todos los estadios del planeta. Se sintió feliz, ingrávido y sin tiempo.


El descenso se hizo paradójico desobedeciendo la ley de la gravedad, muy lento y suave, como si de una pluma de ave se tratara. Abrió los ojos y miró como los pájaros volaban junto a las estrellas tomados de la mano. Descendió y descendió hasta posarse entre las espinas de una rosa, pero no era una rosa cualquiera; era la princesa que con apariencia de rosa cubierta de ceda estaba en el medio de aquel paisaje iluminado y vacío, casi enceguecedor.
Sorprendido, se encontró con los ojos de ella, mientras buscaba acomodo entre sus espinas, y una vez pies en tierra y mirándole fijamente preguntó:

- ¿Hsin Litzy?

Y ella: - ¿Emiliano, el que viste de seda pinchuda?

Ambos asintieron a la vez

Y en el cielo se escuchó una carcajada


Emiliano ayudó a Hsin Litzy a quitar una a una las espinas de sus ropas, reconociendo con ello las semejanzas, el parecido común con sus propias espinas, y así juntos fueron colocando en cada punto cardinal las del Miedo, las de la Inconformidad, las de la falta de Confianza en sí mismo, las de la inalcanzable Suficiencia, las de la Insatisfacción, las del No merecimiento del Amor.
A la par una suave brisa se llevaba el aire enrarecido, el letrero de la Tierra de Los Buitres y  la aridez del lugar.


Caía la noche y emprendieron marcha en busca de la locomotora y de Jim hasta que los encontraron a las faldas de la primera montaña, una vez en ella, desviaron el camino y se dirigieron al Valle de las Mandarinas; previo las constelaciones en el cielo habían notificado al Rey Da Lóng del rescate, por lo que eran esperados en el reino con jubilosa fiesta.
En la puerta de palacio un nutrido séquito aguardaba la llegada de la locomotora y sus acompañantes con alegría. El rey Da Lóng estaba feliz y agitaba sus brazos sin parar.


Al descender la Princesa, Emiliano y hasta el mismísimo Jim fueron investidos con lujosas sedas de Shanghái de dorados hilos, suaves, tersas, acariciables que invitaban al abrazo infinito y armónico de todos los que se congregaron esa tarde en el lugar, ahí, al sur de Perla, detrás de la segunda montaña – solo hay dos- de cuyas referencias del lugar solo se saben estas coordenadas: está situado entre las latitudes 10° 52' y 11° 11' N y las longitudes 63° 47' y 64° 24' 0.


La vida en el pequeño pueblo que flota en el mar, cuyos límites acuosos le dan la vuelta 360º desde cualquier punto que se vea, sigue aconteciendo tranquila, en “wu wei”  - como diría Zhuangzi, en estado de clarividencia-  sin más sobresalto que el del silbato del único medio de transporte existente: una  locomotora ténder del tamaño de la isla, que cada 60 segundos anuncia la llegada a la próxima estación; ahora envuelta en novedad con todos sus asientos vestidos de fina seda, a su regreso del imperio Long de los Nobles del Valle de Las Mandarinas y estrenando una red de rieles nueva que lleva a los propios y a los visitantes de paseo en la locomotora por la segunda montaña donde son recibidos con los brazos abiertos que agita sin parar feliz  el rey Da Lóng.


Emiliano, La princesa y Jim ahora vestidos con tan solo su piel, siguen escuchando los cuentos de allende los mares que cuentan en la orilla de las playas de Perla, las espiras de las caracolas marinas.


                          ***********    FIN     ************


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Emilia Lee