Bajo el signo de abril,

con la piel a la intemperie

Escribo

Escribo porque es catártico, psicodrenante, disentérico, emético, liberador y sanador, me permite “mirar”. Lo terrenal está todo aquí y se “ve”…

Yo quiero “La Mira”

- La mujer de abril -

sábado, 7 de diciembre de 2013

El planeta era otro




El planeta era otro, su corazón replicaba el eco del big bang primario y sístole y diástole acompasadas imprimían un armónico ritmo a su tránsito estelar. La risa giraba heliocéntrica como el planeta acompañándole en su órbita. 

Por aquel entonces el cosmos le llamó Tierra y la vistió de azul, mas agua que sustrato. La alegría jineteaba al viento esparciéndose por todos sus rincones, nada quedaba ausente de su presencia.

El odio era una opción elegible, envuelto en un tentador papel celofán de vivo color para atrapar infaustos; era un tabú, un sentimiento apócrifo guardado tras un portón de siete llaves; el llanto y la angustia apenas se gestaban en las entrañas de la frustración

El planeta era feliz.

Un día el sol se levantó en el horizonte persiguiendo a una sombra voraz que progresiva e impúdicamente  lo arrasaba todo a su paso ejerciendo un burdo poder sobre toda su faz; sembrando soledad, depredación, humo y cemento; dicen que en los árboles los pájaros parieron al llanto al ver a sus críos perdidos tras la tala de sus brazos. A los ríos anudó y represó privándoles de libertad desviándolos de sus caminos, a las montañas borró sus perfiles verdes y saqueó sus entrañas, al mar desfiguró sus orillas, a las flores encerró en cavas vendiendo sus aromas, a los animales domesticó y exhibió en circos, convirtió en mueca a la risa.

El cielo fue paulatinamente cubriéndose de una niebla gris y sucia y la luna con las estrellas execradas de la vista.

La sombra fundó reinos llamados ciudades que fueron poblando exponencialmente al planeta. La alegría fue diluyéndose poco a poco, dejó de silbarla el viento; dicen que es cautiva en uno de los sótanos del reino y ahora el odio ocupa su lugar

La Tierra ya no viste de azul, unos harapos añil cubren su piel cuarteada y sedienta, los pájaros enmudecieron sus trinos. La felicidad se mudó a otra parte.

El odio corre por las calles, atropella, amedrenta, asusta, hiere y mata


El planeta es otro.

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Emilia Lee